La Cartuja de Parma

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Tras estos dos años de locura y de felicidad, el Directorio de París, considerando su soberanía bien asentada, empezó a manifestar un odio mortal por todo lo que no fuera mediocre. Los generales ineptos que destinó al ejército de Italia perdieron batalla tras batalla en los mismos llanos de Verona que dos años antes habían sido testigos de los prodigios de Arcole y de Lonato. Los austriacos llegaron hasta cerca de Milán; el teniente Robert, que estaba ya al frente de un batallón y que había sido herido en la batalla de Cassano, se alojó por última vez en casa de su amiga la marquesa del Dongo. La despedida fue triste; cuando partió Robert, con él se fue el conde Pietranera, que seguía a los franceses en su retirada hacia Novi. La joven condesa, a quien su hermano le había negado su legítima, siguió al ejército en una carreta.

Empezó entonces la época de reacción y de vuelta a las viejas ideas que los milaneses llaman «i tredici mesi» (los trece meses), porque, efectivamente, quiso su buena suerte que aquella vuelta a la estupidez no durara más que trece meses, hasta Marengo. La decadencia, la beatería, el mal humor volvió a ponerse al frente de todos los asuntos y se hizo con la dirección de la sociedad. Poco después, los fieles a la doctrina verdadera propalaban por las aldeas que a Napoleón lo habían ahorcado los mamelucos en Egipto, como tenía más que merecido.


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