La Cartuja de Parma

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—Sólo así puede un desventurado loco recibir sus órdenes —dijo a la condesa, que aquella mañana, muy sencillamente vestida, casi disfrazada, tenía un atractivo irresistible. Tanto el enorme disgusto que le producía el destierro de Fabricio, como la violencia que se hacía para ir a la casa de un hombre que había actuado tan insidiosamente con ella, contribuían a dar a su mirada un brillo increíble.

—Así es como quiero recibir sus órdenes —exclamó el canónigo—, porque es evidente que tiene usted algún servicio que pedirme; ninguna otra razón la hubiera inducido a honrar la pobre casa de un desdichado loco, que, antaño, perturbado por el amor y los celos, al ver frustrados sus deseos de complacerla, se condujo ante usted como un cobarde.

Aquellas palabras eran sinceras y el gran poder que tenía entonces el canónigo las hacía más hermosas aún, A la condesa la emocionaron hasta el punto de hacerle saltar las lágrimas. A la humillación y al miedo que helaban su alma les sucedió al instante el enternecimiento y, también, un poco de esperanza. En un abrir y cerrar de ojos, pasaba de un estado de extrema desgracia a casi la dicha.



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