La Cartuja de Parma

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—Bésame la mano —le dijo al canónigo, al tiempo que se la ofrecía— y levántate. (Conviene saber que en Italia el tuteo tanto es señal de amistad cordial y franca, como de otros sentimientos más tiernos). Vengo a pedirte gracia para mi sobrino Fabricio. Te cuento la verdad entera, sin el menor engaño, como se cuentan las cosas a un viejo amigo. No tiene más que dieciséis años y medio y acaba de hacer una locura enorme. Una tarde que estábamos en el castillo de Grianta, en el lago de Como, a eso de las siete, nos enteramos por un barco procedente de Como de que el Emperador había desembarcado en el Golfo-Juan. Al día siguiente, por la mañana, Fabricio se marchó a Francia, tras haberle pedido el pasaporte a uno de sus amigos del pueblo, un vendedor de barómetros llamado Vasi. Como no tiene precisamente el aspecto de un vendedor de barómetros, no había hecho ni diez leguas en Francia, cuando lo arrestaron, precisamente por culpa de su aspecto. Sus entusiastas efusiones en mal francés les parecieron sospechosas. Al cabo de un tiempo, escapó y pudo llegar a Ginebra; enviamos por él a Lugano…

—O sea, a Ginebra —dijo el canónigo sonriendo.

La condesa concluyó su relato.


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