La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma —Haré por usted lo humanamente posible —dijo el canónigo efusivamente—; me pongo enteramente a sus órdenes. Incluso cometeré imprudencias —añadió—. Y dÃgame, ¿qué debo hacer cuando este pobre salón se vea privado de esta aparición del cielo, que hace época en la historia de mi vida?
—Tiene que ir a casa del barón Binder a decirle que quiere a Fabricio desde que nació, que lo vio nacer en la época en que nos visitaba, y que, en fin, en nombre de la amistad que se profesan, le suplica que encargue a todos sus espÃas que comprueben si Fabricio tuvo el menor contacto con cualquiera de los liberales que tiene bajo vigilancia antes de que partiera hacia Suiza. Por poco eficaces que sean los hombres del barón, le mostrarán con toda claridad que no se trata más que de un desatino juvenil. Como usted sabe, en las bonitas dependencias del palacio Dugnani tenÃa yo colgados los grabados de las batallas ganadas por Napoleón. Mi sobrino aprendió a leer en los pies de tales imágenes. Desde que tenÃa cinco años, mi pobre marido le contaba aquellas batallas; le ponÃamos en la cabeza el casco de mi marido; el niño arrastraba por la casa su enorme sable. ¡Pues bien, un buen dÃa se entera de que el dios de mi marido, el Emperador, ha vuelto a Francia!; atolondradamente corre a reunirse con él, pero no lo consigue. Pregúntele a su barón qué pena puede aplicar a ese momento de locura.