La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma —Olvidaba algo —dijo el canónigo—, verá usted que no soy del todo indigno de su perdón. Aquà tiene —dijo buscando entre los papeles de la mesa—, aquà tiene la denuncia de ese infame collotorto (hipócrita), mire, firmada por Ascanio Valserra del DONGO, que ha empezado todo este asunto; la cogà ayer en las oficinas de la policÃa, y fui a la Scala, en la esperanza de ver a alguno de los habituales de su palco, para que se lo hiciera llegar a usted. Hay una copia de este documento en Viena desde hace mucho. Éste es el enemigo con quien hemos de lidiar.
El canónigo leyó la denuncia con la condesa, luego convinieron que, aquel mismo dÃa, él le harÃa llegar una copia con alguien de su confianza. La condesa volvió al palacio del Dongo con el corazón alegre.
—Imposible ser más caballero que este antiguo bribón —dijo a la marquesa—. Esta noche en la Scala, cuando el reloj del teatro marque las once menos cuarto, diremos a todo el mundo que se vaya de nuestro palco, apagaremos las luces y cerraremos la puerta; a las once vendrá el canónigo en persona a contarnos qué ha podido hacer. Eso es lo que nos ha parecido menos comprometedor para él.