La Cartuja de Parma

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El canónigo era un hombre inteligente; ni por un momento se le ocurrió faltar a la cita. Demostró la bondad sin fisuras y la franqueza sin reservas que apenas se encuentran fuera de los países en los que la vanidad no es el sentimiento dominante. Su denuncia de la condesa al general Pietranera, su marido, era uno de los grandes remordimientos de su vida; ahora encontraba un medio de borrarlo.

Aquella mañana, cuando la condesa dejó su casa, se quedó pensando no sin amargura, pues no estaba curado todavía:

«Mira tú por dónde, ahora hace el amor con su sobrino. ¿Cómo se explica, si no, que, con lo orgullosa que es, venga a verme a mi casa?… Cuando murió el pobre Pietranera rechazó horrorizada el ofrecimiento de mis servicios, aun habiéndoselo hecho del mejor y más cortés de los modos, por intermedio del coronel Scotti, antiguo amante suyo. ¡La bella Pietranera viviendo con 1.500 francos! —añadía el canónigo, paseando briosamente por su cuarto—. Y tener que vivir en el castillo de Grianta con el marqués del Dongo, ese secatore[15] inaguantable… Es la única explicación. Al fin y al cabo, ese chico, Fabricio, es de lo más guapo, alto, con tipo magnífico, un cara siempre sonriente… y, lo que es más, una mirada cargada de tierna voluptuosidad… una fisonomía de Correggio» —añadía el canónigo con desasosiego.


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