La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma «Tampoco es tan grande la diferencia de edad… Fabricio debió de nacer después de la entrada de los franceses, me parece que en el 98. La condesa tendrá veintisiete o veintiocho años. Ninguna más guapa que ella, ninguna más adorable. En este paÃs donde hay tantas mujeres bellas, ella las gana a todas; la Marini, la Gherardi, la Ruga, la Aresi, la Pietragua, ninguna como ella… Seguro que vivÃan felices escondidos en ese hermoso lago de Como hasta que el muchacho decidió ir a reunirse con Napoleón… ¡Aún quedan corazones valerosos en Italia, hagan lo que hagan! ¡Patria amada!… No —proseguÃa aquel corazón arrebatado por los celos—, no cabe otra explicación a que se haya resignado a vegetar en el campo, a soportar el asco de ver dÃa tras dÃa, comida tras comida, la repugnante cara del marqués del Dongo y, peor aún, la indigna y descolorida del marchesino Ascanio, que va a ser mucho peor que su padre. ¡Bueno, pues le haré el favor lo mejor que pueda! AsÃ, al menos, tendré el placer de verla de cerca y no tan sólo por el anteojo».