La Cartuja de Parma

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El canónigo Borda explicó con toda claridad la situación a aquellas señoras. En el fondo, Binder no podía estar mejor dispuesto; estaba encantado con el hecho de que Fabricio se hubiera escapado antes de que pudieran llegar órdenes de Viena, pues no tenía ninguna capacidad para decidir sobre nada; para este asunto, como para cualquier otro, tenía que esperar a que llegaran instrucciones. Todos los días enviaba a Viena una copia exacta de cada uno de los informes; luego, se limitaba a esperar.

En su destierro en Romagnano Fabricio tenía que:

1.° No faltar a misa ni un solo día; tomar como confesor a algún hombre inteligente, entregado a la causa de la monarquía, a quien, en el tribunal de la penitencia, no confesaría más que sentimientos irreprochables.

2.° No frecuentar a nadie que tuviera fama de inteligente y, siempre que se le presentara la ocasión, hablar de la revolución con horror y dando por supuesta su ilicitud.

3.° No dejarse ver en el café; no leer nunca otros periódicos que las gacetas oficiales de Turín y de Milán; mostrar en general hastío ante la lectura; mejor, no leer nunca nada, sobre todo ningún libro impreso antes de 1720, con la excepción, en todo caso, de las novelas de Walter Scott.


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