La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Fabricio no tenÃa la menor gana de conspirar. Amaba a Napoleón, pero, en su condición de noble, se creÃa nacido para ser más dichoso que los demás, y los burgueses le parecÃan ridÃculos. Desde la salida del colegio no habÃa vuelto a abrir un libro; y aun allà no habÃa leÃdo nada más que libros retocados por los jesuitas. Se instaló a cierta distancia de Romagnano, en un palacio magnÃfico, una de las obras maestras del famoso arquitecto San Micheli; aunque hacÃa treinta años que nadie lo habÃa habitado: todas las habitaciones tenÃan goteras y no cerraba ninguna ventana. Se apoderó de los caballos del encargado y no hacÃa otra cosa que montarlos durante todo el dÃa; no hablaba con nadie y pensaba mucho. El consejo de buscar una amante que perteneciera a alguna de las familias ultra le pareció divertido y lo siguió al pie de la letra. Eligió como confesor a un cura joven e intrigante que querÃa llegar a obispo (como el confesor de Spielberg)[16]. Pero caminaba a pie tres leguas y se envolvÃa en un misterio, que a él le parecÃa impenetrable, para leer Le Constitutionnel, que le parecÃa sublime; «¡Es tan bueno como Alfieri o como Dante!» —se decÃa a menudo— En esto, Fabricio se parecÃa a los jóvenes franceses: se ocupaba mucho más de su caballo y de su periódico que de su bien pensante querida. Pero en aquel espÃritu ingenuo y firme aún no habÃa sitio para el «haz lo que vieres», y no hizo amigos en la buena sociedad de la ciudad de Romagnano; su sencillez fue interpretada como altanerÃa; no sabÃan bien a qué atenerse con aquella forma de ser: «Es un segundón descontento de no ser el primogénito», sentenció el cura.