La Cartuja de Parma

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La condesa, que mientras pensaba estas cosas se paseaba en su salón, se detuvo ante un espejo, luego sonrió. Conviene saber que, desde hacía unos meses, el corazón de la señora Pietranera estaba siendo seriamente asediado por un singular personaje. Poco después de la partida de Fabricio a Francia, la condesa, que, sin que ella acabara de reconocérselo a sí misma, empezaba a pensar mucho en él, había caído en una profunda melancolía. Ninguna de sus ocupaciones le parecía agradable, todo lo que hacía le resultaba insípido, por decirlo de algún modo. Pensaba que Napoleón, con idea de ganarse el afecto de sus pueblos de Italia, haría a Fabricio ayuda de campo suyo. «¡Lo he perdido! —exclamaba en su interior mientras lloraba—. ¡No lo volveré a ver!; y aunque me escriba, ¿qué seré yo para él dentro de diez años?».









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