La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma En tal estado de ánimo hizo un viaje a Milán. Esperaba tener allí noticias más directas de Napoleón y, ¿quién sabe?, a lo mejor, de rechazo, también noticias de Fabricio. Aunque no se lo confesara, su activo espíritu empezaba a estar harto de la monótona vida que llevaba en el campo. «Esto no es vivir —se decía—, esto es limitarse a no morir». ¡Ver, día tras día, aquellas caras empolvadas, al hermano, al sobrino Ascanio, a sus criados! ¿Cómo iban a ser sus paseos por el lago sin Fabricio? Su único consuelo estaba en la amistad que la unía a la marquesa. Pero desde hacía algún tiempo, esta intimidad con la madre de Fabricio, que era mayor que ella y estaba desilusionada de la vida, le resultaba cada vez menos agradable.