La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma —¿Por qué va empolvado, conde? —le dijo la señora Pietranera la tercera vez que se vieron— ¡Empolvado un hombre como usted, amable, aún joven y que ha hecho la guerra en España con nosotros!
—El caso es que yo no robé nada en España, y hay que vivir. Entonces yo estaba loco por la gloria; una palabra halagüeña del general francés que nos mandaba, Gouvion-Saint-Cyr, lo era todo para mÃ. Cuando cayó Napoleón me encontré con que, mientras yo me comÃa mi patrimonio al servicio del emperador, mi padre, un hombre imaginativo que me veÃa ya general, me construÃa un palacio en Parma. En 1813, me encontré que todo lo que tenÃa era un gran palacio inacabado y una pensión.
—¿Una pensión de tres mil quinientos francos como la de mi marido?
—El conde Pietranera era general de división. La pensión que me concedieron a mÃ, simple jefe de escuadrón, no pasaba de ochocientos francos, y, además, no la cobré hasta no ser ministro de Finanzas.
En el palco sólo estaban ellos y la dueña del mismo, una señora de ideas liberales, asà que la conversación siguió con la misma franqueza. A las preguntas que le hicieron, el conde Mosca habló de su vida en Parma.