La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma —En España, a las órdenes del general Saint-Cyr, me expuse al fuego de fusilería para conseguir una medalla y un poco de gloria; ahora me visto como un personaje de comedia para poder mantener una alta posición y ganar unos miles de francos. Cuando me metí en esta especie de juego de ajedrez, me sentí bastante molesto por las insolencias de mis superiores, así que me propuse ocupar uno de los primeros puestos; pues bien, lo he conseguido. Pero mis días mejores son los que, muy de vez en cuando, consigo pasar en Milán. Aquí alienta aún, me parece a mí, el corazón de vuestro ejército de Italia.
La franqueza, la disinvoltura con que hablaba aquel ministro de un príncipe tan temido espoleó la curiosidad de la condesa; la denominación de los cargos que ocupaba le había hecho pensar en alguien engreído y pagado de sí mismo; sin embargo, en el hombre vio a un ser avergonzado de la importancia de aquel puesto. Mosca había prometido informarle de todas las novedades que le llegaran de Francia; en Milán, un mes antes de Waterloo, ésta era una gran indiscreción. Para Italia, era cuestión de ser o no ser; en Milán todo el mundo estaba en ascuas, unos por el miedo, otros por la esperanza. En medio de aquella inquietud universal, la condesa hizo sus averiguaciones a propósito de un hombre como aquel que hablaba con tanta ligereza de un cargo tan envidiado y que constituía, además, su única fuente de recursos.