La Cartuja de Parma

La Cartuja de Parma

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—¿Querrá usted creerme —le comentaba otro viajero a la condesa— si le digo que, por la noche, en el tercer piso de su palacio, guardado por ochenta centinelas que cada cuarto de hora aúllan una frase entera, Ernesto IV tiembla en su cuarto? Aun teniendo las puertas cerradas con diez candados y las estancias de al lado, de arriba y de abajo, repletas de soldados, tiene miedo de los jacobinos. En cuanto cruje alguna de las tablas del suelo, se lanza a coger sus pistolas, convencido de que hay un liberal debajo de su cama. Al momento, suenan todas las campanillas del palacio y un ayuda de campo va a despertar al conde Mosca. En cuanto llega a palacio, el ministro de Policía se guarda mucho de negar la conspiración; al contrario, él en persona, juntamente con el príncipe, armado hasta los dientes, escudriña todos los rincones de las dependencias, mira debajo de las camas, y, en definitiva, se entregan a interminables acciones ridículas, más dignas de una vieja. Al propio príncipe, en la época feliz en que se dedicaba a la guerra y no había matado a nadie de otro modo que no fuera disparando su fusil, todas estas precauciones le hubieran parecido envilecedoras. De hecho, como es un hombre muy inteligente, se avergüenza de ellas. Le parecen ridículas, incluso en el momento mismo en que se entrega a las mismas; y la fuente de la inmensa consideración del conde Mosca estriba en que emplea toda su competencia en conseguir que el príncipe no tenga nunca que sonrojarse en su presencia. Es él, el propio Mosca, quien, en su condición de ministro de Policía, insiste en mirar debajo de los muebles y, según cuentan en Parma, hasta en los estuches de los contrabajos. A esto último se opone el príncipe, y se burla de su ministro por su excesiva diligencia. «Esto es un reto —le contesta el conde Mosca—, piense Vuestra Alteza en los sonetos satíricos con que nos aburrirían los jacobinos si dejáramos que lo mataran. Ya no es sólo su vida lo que defendemos, es nuestro honor». Pero no parece que el príncipe se deje convencer sino a medias; y si a alguien en la ciudad se le ocurre contar que en palacio han pasado la noche en claro, el fiscal general Rassi envía al torpe bromista a la ciudadela. Y, una vez dentro de esta casa alta y bien ventilada, como dicen en Parma, hace falta un milagro para que alguien se acuerde del prisionero. Precisamente por su condición de militar, porque en España escapó pistola en mano a más de veinte emboscadas, el príncipe prefiere al conde Mosca antes que a Rassi, que es mucho más maleable y mucho más bajo. Esos desventurados presos de la ciudadela lo son en el secreto más riguroso y se cuentan mil historias a propósito de ellos. Dicen los liberales que a Rassi se le ha ocurrido la idea de ordenar a carceleros y confesores que hagan creer a los presos que una vez al mes, más o menos, uno de ellos es ajusticiado. Ese día los presos tienen permiso para subir a lo alto de la torre, unos sesenta metros de altura, y desde allí ven desfilar un triste cortejo con un celador que finge ser el pobre desgraciado que se encamina a la muerte.


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