La Cartuja de Parma

La Cartuja de Parma

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Estas historias y muchas otras del mismo estilo, no menos auténticas, interesaban vivamente a la señora Pietranera. Al día siguiente, le pedía más detalles al conde Mosca y le tomaba el pelo con agudezas. Le parecía un hombre divertido y le decía que en el fondo era un monstruo sin duda alguna. Un día, de vuelta en su hotel, el conde se dijo: «Esta condesa Pietranera es más que una mujer encantadora; cuando paso la velada en su palco, consigo olvidar algunas cosas de Parma cuyo recuerdo me rompe el corazón». «Este ministro, pese a su aspecto de ligereza y sus brillantes modales, no tenía un alma a la francesa; no sabía olvidar sus disgustos. Cuando en su almohada había una espina, se sentía obligado a romperla, a despuntarla a fuerza de clavar en ella sus carnes palpitantes». (Perdóneseme esta frase, que traduzco del italiano). Al día siguiente de tal descubrimiento, al conde le pareció que, pese a todos los asuntos que tenía que resolver en Milán, la jornada se le hacía enormemente larga; no se podía estar quieto; fatigó a los caballos de su coche. A eso de las seis, montó a caballo para ir al Corso. Tenía alguna esperanza de encontrar allí a la señora Pietranera. No la vio; recordó que el teatro de la Scala abría a las ocho; fue al teatro, pero no vio más que a diez personas en la inmensa sala. Le dio cierta vergüenza estar allí. «¿Será posible —se preguntó— que a mis cuarenta y cinco años cumplidos esté haciendo cosas que ruborizarían a un cadete? Por suerte, no parece que nadie se haya dado cuenta». Escapó y trató de matar el tiempo paseando por las hermosas calles de los alrededores de la Scala. Es una zona con muchos cafés que, a aquella hora, rebosaban de gente. Las mesas de fuera, en las aceras, estaban repletas de curiosos tomando helados y criticando a los que pasaban. El conde era un paseante muy conocido. También tuvo el placer de ser reconocido y abordado. Tres o cuatro inoportunos, a los que no podía ofender, aprovecharon la ocasión para tener una audiencia con un ministro tan poderoso. Dos de ellos le hicieron peticiones; el tercero se limitó a darle consejos, muy largos, a propósito de su política.


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