La Cartuja de Parma

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Debemos confesar que, siguiendo el ejemplo de muchos graves autores, hemos empezado la historia de nuestro héroe un año antes de su nacimiento. Este personaje esencial no es otro, en efecto, que Fabricio Valserra, marchesino del Dongo, como dicen en Milán[7] Acababa precisamente de tomarse el trabajo de nacer, cuando los franceses fueron expulsados; era, por azar de nacimiento, el segundo hijo de ese marqués del Dongo, ese gran señor, cuya cara pálida y fofa, falsa sonrisa y odio ilimitado a las ideas nuevas ya conoce el lector. El heredero universal de la fortuna familiar era su hermano mayor, Ascanio del Dongo, vivo retrato de su padre. Tenía ocho años y Fabricio dos, cuando, súbitamente, aquel general Bonaparte, que todo bien nacido creía ahorcado desde hacía tiempo, bajó del monte San Bernardo y entró en Milán. Ese momento sigue siendo único en la historia. Imagínese el lector todo un pueblo locamente enamorado. Pocos días más tarde, Napoleón ganó la batalla de Marengo. Lo que siguió no es para contarlo. El entusiasmo de los milaneses fue desbordante, pero esta vez estaba entreverado con ideas de venganza. A aquel buen pueblo le habían enseñado a odiar. Al poco, regresaron los pocos patriotas supervivientes de las bocas de Cattaro; su regreso fue celebrado con una fiesta nacional. Sus caras pálidas, sus enormes ojos asombrados, sus cuerpos demacrados, presentaban un raro contraste con la alegría que estallaba por todas partes. Su llegada fue la señal de partida para las familias más comprometidas. El marqués del Dongo fue uno de los primeros en huir y se refugió en su castillo de Grianta. Los cabezas de las grandes familias estaban llenos de odio y de miedo, pero sus mujeres y sus hijas recordaban los festejos de la primera estancia de los franceses y añoraban Milán y aquellos bailes tan alegres; e inmediatamente después de Marengo, volvieron a organizarse en la Casa Tanzi. Pocos días después de la victoria, el general francés encargado de mantener la paz en la Lombardía se dio cuenta de que todos los campesinos pecheros de los nobles y que todas las viejas del campo, lejos de seguir teniendo la imaginación ocupada con la asombrosa victoria de Marengo, que había cambiado los destinos de Italia y reconquistado trece plazas fuertes en un solo día, no pensaban más que en una profecía de San Giovita, el patrón de Brescia. Según aquel augurio sagrado, la ventura de los franceses y de Napoleón acabaría a las trece semanas justas de Marengo. Lo único que excusa un poco al marqués del Dongo y a todos aquellos nobles resentidos instalados en la provincia es que se creían verdaderamente la profecía. Todos ellos, que no habían leído arriba de cuatro libros en toda su vida, hacían abiertamente preparativos para volver a Milán al cabo de las trece semanas; pero el tiempo, en su transcurso, se iba jalonando con nuevos éxitos para la causa de Francia. A su vuelta a París, Napoleón salvaba la revolución en el interior mediante prudentes decretos, como la había salvado del enemigo exterior en Marengo. Entonces, los nobles lombardos, refugiados en sus castillos, se dieron cuenta de que habían interpretado mal la predicción del santo patrón de Brescia; el plazo no era de trece semanas, sino de trece meses. Pasaron los trece meses, y la prosperidad de Francia seguía aumentando de día en día.


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