La Cartuja de Parma

La Cartuja de Parma

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Nos saltamos los diez años de progreso y felicidad que van de 1800 a 1810. Fabricio pasó la primera parte de esa época en el castillo de Grianta, jugando con los chicos de la aldea, dando y recibiendo puñetazos y sin aprender nada, ni siquiera a leer. Luego, lo enviaron al colegio de los jesuitas de Milán. El marqués, su padre, exigió que le enseñaran latín, pero que de ninguna manera fuera con aquellos autores antiguos que no hacen más que hablar de repúblicas; tenía que ser en la genealogía latina de los Valserra, marqueses del Dongo, publicada en 1650 por Fabricio del Dongo, arzobispo de Parma; un magnífico volumen ilustrado con más de cien grabados, obras maestras de artistas del siglo XVII. Habiendo sido los Valserra gente de armas en su mayoría, los grabados reproducían sobre todo batallas, y casi todos tenían como motivo algún héroe de ese nombre dando enormes estocadas. El libro le gustaba mucho al pequeño Fabricio. Su madre, que lo adoraba, conseguía de vez en cuando permiso para visitarlo en Milán, pero su marido no le daba nunca dinero para tales viajes; se lo prestaba su cuñada, la amable condesa Pietranera. Tras el regreso de los franceses, la condesa se había convertido en una de las mujeres más brillantes de la corte del virrey de Italia, el príncipe Eugenio.




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