La Cartuja de Parma

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Cuando Fabricio hizo la primera comunión, la condesa consiguió que el marqués, que seguía en su exilio voluntario, le permitiera sacarlo alguna vez del colegio. Le pareció un chico singular, inteligente, muy serio, pero guapo; un muchacho que no desentonaría en absoluto en el salón de ninguna mujer de moda. En otro orden de cosas, su ignorancia era pasmosa, hasta el punto de que apenas sabía escribir. La condesa, que en todo cuanto hacía manifestaba su carácter entusiasta, le prometió al jefe del establecimiento escolar que si su sobrino Fabricio hacía progresos notables, si a fin de curso obtenía muchos premios, podría contar con su protección. Y precisamente para proporcionarle al chico instrumentos que contribuyeran a hacerlo merecedor de tales premios, enviaba a buscarlo todos los sábados por la noche y, a menudo, no lo devolvía a sus profesores sino hasta el miércoles o el jueves. Aunque el príncipe virrey quería mucho a los jesuitas, éstos habían sido ilegalizados en Italia por las leyes del reino, y el superior del colegio, un hombre hábil, se dio cuenta de todo el partido que podía sacar de su relación con una mujer todopoderosa en la corte. No se le ocurrió quejarse de las ausencias de Fabricio, quien, más ignorante que nunca, al final del año obtuvo cinco primeros premios. Cumpliendo su palabra, la brillante condesa Pietranera, acompañada de su marido, general de una de las divisiones de la guardia, y de cinco o seis de los más grandes personajes de la corte del virrey, asistió a la ceremonia del reparto de premios en el colegio de los jesuitas. El superior fue felicitado por sus jefes.


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