La Cartuja de Parma

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La condesa llevaba a su sobrino a todas las brillantes fiestas que fueron rasgo distintivo del reinado, demasiado corto, del amable príncipe Eugenio. Sin encomendarse a nadie más que a su propia autoridad, lo había hecho oficial de húsares, y Fabricio, que contaba entonces doce años, lucía uniforme de tal. Un día, la condesa, encantada con el magnífico tipo del muchacho, le pidió al príncipe una plaza de paje para él, lo que significaba que la familia del Dongo acataba finalmente el nuevo régimen. Al día siguiente tuvo que desplegar toda su influencia para conseguir que el virrey no tuviera en cuenta la petición, a la que no faltaba otro requisito que el consentimiento paterno del futuro paje, consentimiento que hubiera sido negado ostensiblemente. Como consecuencia de esta locura, que hizo temblar las carnes del desabrido marqués, éste encontró un pretexto para llamar al joven Fabricio a Grianta. La condesa despreciaba soberanamente a su hermano; lo tenía por un necio triste, que hubiera sido malo si hubiera tenido capacidad para ello. Pero estaba loca por Fabricio y, aunque llevaba diez años sin dirigir la palabra al marqués, le escribió para reclamar a su sobrino. La carta no obtuvo respuesta.





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