La Cartuja de Parma

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El príncipe se sentía retado, de algún modo, por unas maneras tan correctas y unas respuestas tan inatacables de joven recién salido del colegio; aquello no era lo que se había imaginado. De súbito, cambió a un tono afable, y, volviendo mediante unas pocas frases a los grandes principios de las sociedades y del gobierno, recitó, adaptándolas a la conversación, algunas sentencias de Fénelon, que había tenido que aprender de memoria cuando era niño para emplearlas en las audiencias públicas.

—Estos principios le extrañarán, joven —le dijo a Fabricio (al principio de la audiencia le había llamado monsignore y monsignore pensaba volverle a llamar cuando lo despidiera, pero en el curso de la conversación, le pareció más acertado, más adecuado a las matizaciones de lo emocional, llamarlo con un apelativo amistoso)—, estos principios le extrañarán, joven; confieso que no se parecen nada a los rollos absolutistas (tal fue la expresión) que pueden leerse todos los días en mi periódico oficial… Pero ¡Santo Dios! ¿Qué sentido puede tener que haga yo tales citas? Usted no conoce a esos escritores del periódico.




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