La Cartuja de Parma

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—Alteza Serenísima —respondió Fabricio, sin titubear un instante—, cuando pasaba por las calles, me admiraba el excelente porte de los soldados de los distintos regimientos de Su Majestad el rey, la buena sociedad es respetuosa con sus señores como cabe esperar, pero he de confesarle que nunca en mi vida he consentido que la gente de las clases inferiores me hable de nada aparte del trabajo para el que le pago.

«¡Demontre —se dijo el príncipe—; menudo azor! ¡Éste sí que es un pájaro bien amaestrado, ésta es la cabeza de La Sanseverina!». Y, picado con aquel juego, el príncipe empleó buena parte de su habilidad en hacer hablar a Fabricio sobre un asunto tan retorcido. El joven, crecido en el peligro, tuvo la suerte de encontrar unas respuestas admirables:

—La manifestación de amor al rey es casi una insolencia —decía—, lo que verdaderamente se le debe es una obediencia ciega.

Tanta prudencia casi irritó al príncipe. «Al parecer, lo que nos llega de Nápoles es un hombre de talento, y no me gusta nada esta ralea; a un hombre inteligente, por mucho que se atenga a los mejores principios e, incluso, aunque se los crea, siempre le saldrá por alguna parte el parentesco con Voltaire y con Rousseau».


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