La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Fabricio fue recibido por el príncipe a las dos horas de su llegada. La duquesa, que había previsto el buen efecto que causaría ante el público una audiencia improvisada como aquella, la había solicitado con dos meses de antelación. Este gesto de privanza ponía a Fabricio en una situación de ventaja desde un primer momento. Había aducido como pretexto que Fabricio sólo estaba de paso en Parma, camino de Piamonte para ver a su madre. Cuando le dieron al príncipe un billetito encantador de la duquesa comunicándole que Fabricio esperaba sus órdenes, Su Alteza se aburría. «Éste será un santurrón —se dijo—, un pazguato de cara meliflua o hipócrita». El comandante de la plaza había informado ya de la primera visita a la tumba del tío arzobispo. Ante el príncipe se presentó un joven alto, a quien, de no llevar medias moradas, hubiera tomado por un oficial del ejército.
Aquella sorpresa le quitó el aburrimiento de golpe. «¡Menudo buen mozo! —se dijo—; vaya usted a saber los favores que me piden para éste; todos los que pueda concederle. Ya está aquí; debe de estar nervioso: voy a hacerme un poco el jacobino; a ver cómo reacciona».
Tras unas primeras palabras amables, el príncipe le preguntó a Fabricio:
—Y, dígame, Monsignore, ¿es feliz el pueblo napolitano? ¿Ama a su rey?