La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma —Y si aceptara las proposiciones de Vuestra Alteza —le decÃa riendo la duquesa—, ¿con qué cara me iba yo a atrever a presentarme ante el conde?
—A mà me desconcertarÃa tanto como a usted, ¡el querido conde!, ¡mi amigo! Aunque ése serÃa un inconveniente sumamente fácil de evitar; lo tengo ya pensado: el conde serÃa encerrado en la ciudadela para el resto de sus dÃas.
Cuando llegó Fabricio la duquesa experimentó una felicidad tan intensa, que no se le ocurrió pensar en las ideas que su mirada podÃa inspirarle al conde. El efecto fue hondo y las sospechas, irremediables.