La Cartuja de Parma

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Hasta allí todo transcurría a las mil maravillas; pero cuando el ministro, que estaba tan contento con Fabricio que hasta entonces sólo había estado atento a sus hechos y gestos, miró a la duquesa, advirtió en ella una mirada especial. «Este joven le produce una extraña impresión», se dijo. La reflexión estaba teñida de amargura. El conde había llegado a los cincuenta; es ésta una palabra muy cruel, una palabra cuyo verdadero significado quizá sólo pueda ser percibido por un hombre perdidamente enamorado. Dejando aparte sus severidades como ministro, era un hombre muy bueno, muy digno de ser amado. Pero, en su opinión, aquella palabra cruel, cincuenta, teñía de negro toda su vida y hubiera sido capaz por sí misma de hacerlo a él también cruel. En los cinco años que hacía desde que había convencido a la duquesa para que fuera a vivir a Parma, ella le había hecho tener celos con cierta frecuencia, sobre todo al principio, pero nunca había sido con motivos fundados. Pensaba incluso, y estaba en lo cierto, que, si la duquesa había recurrido a dar apariencias de distinguir con su favor a algunos jóvenes guapos de la corte, había sido con el propósito de asegurarse su amor. Estaba seguro, por ejemplo, de que ella había rechazado los agasajos del príncipe, quien, incluso en esta ocasión, había dicho una frase reveladora.



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