La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma —¡Bueno! ¿Estás contenta de mÃ? —le dijo abrazándola—. Gracias a ti he pasado cuatro años bastante felices en Nápoles, en vez de aburrirme en Novara con mi amante autorizada por la policÃa.
La duquesa no salÃa de su asombro; si lo hubiera visto por la calle, no lo hubiera reconocido. Le pareció lo que era realmente, uno de los hombres más guapos de Italia. TenÃa, sobre todo, una cara encantadora. Ella lo habÃa mandado a Nápoles con el aspecto de un atrevido caballista, con la fusta siempre en la mano como si formara parte de él. Ahora guardaba ante los extraños la apostura más noble y mesurada que cupiera imaginar, sin haber perdido en el trato Ãntimo, como descubrÃa, ni un ápice del ardor de su primera juventud. Era un diamante que no habÃa perdido nada al pulirlo. El conde Mosca llegó apenas una hora después que Fabricio. Se habÃa adelantado un poco aquel dÃa. El joven que encontró le habló con tanta discreción de la cruz de Parma concedida a su mentor y expresó con tan perfecta mesura su vivo agradecimiento por otros favores de los que no se atrevÃa a hablar tan abiertamente, que, desde aquella primera impresión, el conde lo juzgó favorablemente.
—Este sobrino suyo —le dijo en voz baja a la duquesa— está destinado a dar brillantez a todas las dignidades a que quiera usted elevarlo.