La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Por la manera de hablar de Fabricio se veÃa que trataba de ordenar sus ideas para presentarlas a su interlocutor de la forma más inteligible que podÃa. Estaba muy claro que no recitaba una lección.
El prÃncipe se cansó enseguida de lidiar con aquel joven; sus maneras sencillas y graves le molestaban.
—Adiós, monsignore, le dijo bruscamente; ya veo que en el seminario de Nápoles dan una excelente educación, y es evidente que, cuando los buenos preceptos caen en una mente tan distinguida, los resultados son brillantes. Adiós.
Y le dio la espalda.
«No le he gustado nada a este animal», se dijo Fabricio.
«Ahora queda por ver —pensó el prÃncipe cuando se quedó solo— si este chico tan guapo es capaz de apasionarse por algo; en cuyo caso serÃa un completo… ¿Cómo podrá recitar con tanto talento las lecciones de su tÃa? Me ha parecido estar oyéndola a ella. Si hubiera una revolución aquÃ, serÃa ella quien redactara el Monitore, como hizo la San Felice en Nápoles. Y a la San Felice, a pesar de sus veinticinco años y de su belleza, la ahorcaron un poquito[24]; ¡mucho ojo, mujeres inteligentes!».