La Cartuja de Parma

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Se equivocaba el príncipe haciendo a Fabricio discípulo de su tía. Las personas inteligentes que nacen en el trono, o junto a él, pierden enseguida la finura de percepción. Proscriben en su derredor la libertad de conversación, que les parece una ordinariez; no quieren ver más que máscaras y pretenden juzgar la belleza de la piel. Lo más curioso es que están convencidos de que tienen una perspicacia muy aguda. En este caso, por ejemplo, Fabricio creía prácticamente todo lo que acabamos de oírle decir; aunque también es verdad que no se le ocurría pensar dos veces al mes en tan grandes principios. Tenía gustos vivos, era inteligente, pero también tenía fe.

El gusto por la libertad, la moda y el culto de Infelicidad de la mayoría, chifladuras del siglo diecinueve, no eran en su opinión más que una herejía destinada a pasar como las demás, aunque no sin haber matado antes a muchas almas, del mismo modo que la peste mata muchos cuerpos cuando reina en una comarca. Y, aun pensando así, Fabricio leía con muchísimo gusto los periódicos franceses y hasta llegaba a cometer imprudencias para conseguírselos.

Cuando Fabricio llegó, descompuesto, de su audiencia en palacio y le contó a su tía los distintos ataques del príncipe, ésta le dijo:


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