La Cartuja de Parma

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—Trata de arreglártelas para dormir lo más cómodo que puedas entre los instrumentos; usa mis pellizas; encontrarás varias, y muy caras, que me envió la duquesa Sanseverina hace cuatro años. Me pidió una predicción sobre ti, que yo me guardé mucho de enviarle, aunque me quedé con sus pellizas y su magnífico cuarto de círculo. Cualquier aviso sobre el futuro constituye una infracción a la regla y tiene el peligro de que se quiera cambiar el acontecimiento, en cuyo caso toda la ciencia cae por tierra como un castillo de naipes; por otra parte, era bastante duro lo que tenía que decirle a esa duquesa tan guapa. A propósito, no te asustes demasiado cuando estés dormido y suenen las campanas, harán un estruendo tremendo en tus mismos oídos cuando llamen a misa de siete; luego, un poco más tarde, en el piso de abajo, tañerán la campana mayor que hace retemblar todos mis instrumentos. Hoy es San Giovita, mártir y soldado. ¿Sabes?, el pueblecito de Grianta tiene el mismo patrón que la gran ciudad de Brescia, lo que, dicho sea entre paréntesis, hizo cometer un error de lo más divertido a mi ilustre maestro Jacques Marini de Rávena. Muchas veces me anunció que haría una gran carrera eclesiástica, pensaba que sería párroco de la magnífica iglesia de San Giovita, en Brescia, ¡y he sido el párroco de un pueblecito de setecientos cincuenta vecinos! Pero ha sido para bien. No hará ni diez años, vi que si hubiera sido cura en Brescia, mi destino hubiera sido estar preso en una colina de Moravia, en Spielberg. Mañana te traeré toda clase de exquisiteces que robaré de la comida que doy a todos los curas de los alrededores que vienen a concelebrar la misa mayor. Lo dejaré abajo, pero no se te ocurra intentar verme, ni bajes a por todas esas cosas buenas hasta que no me hayas oído salir. No puedes verme mientras sea de día, y el sol se pone mañana a las siete y veintisiete minutos; yo vendré a darte un abrazo a eso de las ocho, te tienes que ir mientras el tiempo se cuente con el nueve, es decir, antes de que el reloj dé las diez. Ten cuidado de no dejarte ver en las ventanas del campanario; los gendarmes tienen tu descripción y, en cierto modo, están a las órdenes de tu hermano que es un tirano notorio. El marqués del Dongo se debilita —añadió Blanes con tristeza—, si pudiera verte, probablemente te pondría algo en la mano. Pero ese tipo de favores, que no dejan de parecer fraudulentos, no convienen en absoluto a un hombre como tú, cuya fuerza estribará algún día en su conciencia. El marqués aborrece a su hijo Ascanio, y a ese hijo le dejará un día los cinco o seis millones que tiene. Es de justicia. Tú, a su muerte, recibirás una pensión de cuatro mil francos y cincuenta varas de paño negro para el luto de tus criados.


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