La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Blanes estaba sumamente cansado, parecÃa tener cincuenta años más que el dÃa anterior. Ya no habló de cosas serias. Se sentó en su sillón de madera.
—Abrázame —le dijo a Fabricio, y lo estrechó muchas veces entre sus brazos—. La muerte —prosiguió finalmente—, que va a acabar con esta vida tan larga, no será más penosa para mà que esta separación. Tengo una bolsa para ti; se la dejaré en depósito a Ghita, con la orden de que te la dé en cuanto vengas por ella; mientras, podrá ir sacando para cubrir sus necesidades. La conozco y, tras esta recomendación, por ahorrar para ti, es muy capaz de no comprar carne ni cuatro veces al año, a no ser que le des órdenes terminantes. En cuanto a ti, puedes verte en la miseria y entonces el óbolo de tu viejo amigo te vendrá bien. No esperes nada de tu hermano, salvo actos atroces; trata de ganarte la vida mediante un trabajo que te haga útil a la sociedad. Preveo extrañas tormentas; probablemente de aquà a cincuenta años ya no se admita a los ociosos. Tu madre y tu tÃa pueden llegar a faltarte; tus hermanas tendrán que obedecer a sus maridos… ¡Vete, vete! ¡Huye! —gritó Blanes con mucho apremio.
HabÃa oÃdo un ruidito en el reloj que anunciaba que iban a dar las diez; ni siquiera le dejó a Fabricio que lo abrazara por última vez.