La Cartuja de Parma

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Después de que pasara la procesión y volviera a entrar en la iglesia por una puerta lateral que Fabricio no podía ver desde donde estaba, el calor se hizo excesivo, incluso en lo alto del campanario. Los vecinos volvieron a sus casas y se hizo un gran silencio en el pueblo. Algunas barcas se cargaron de campesinos que regresaban a Belagio, a Menagio o a otros pueblos ribereños. Fabricio podía oír el ruido de las paladas de los remos en el agua; aquel detalle tan nimio lo tenía encantado, casi en éxtasis. La dicha de aquel momento estaba amasada con toda la infelicidad, con todo el disgusto que le producía la complicada vida cortesana. ¡Le hubiera hecho tan feliz en aquel momento navegar una legua por aquel lago tranquilo, aquel lago que tan bien reflejaba la profundidad de los cielos! Oyó que se abría la puerta de abajo del campanario; era la vieja criada del abate Blanes que traía una gran cesta. Tuvo que hacer un esfuerzo enorme para no dirigirle la palabra. «Me quiere casi tanto como su amo —se decía— y me voy esta noche a las nueve; estoy seguro de que, por unas cuantas horas, guardaría el secreto, que yo le exigiría bajo juramento… Pero disgustaría al abate, podría comprometerlo con los gendarmes». Y dejó que Ghita se fuera sin decirle nada. Fue una comida excelente, luego se dispuso a dormir unos minutos. No se despertó hasta las ocho y media de la tarde; el abate le sacudía un brazo; ya era de noche.


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