La Cartuja de Parma

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Diremos que los mortaretti (morteritos) no son sino cañones de fusil (por eso los campesinos recogen ávidamente los cañones de fusil con que la política europea ha sembrado profusamente las llanuras de la Lombardía desde 1796) que se sierran de manera que no midan más de diez u once centímetros de longitud; se cargan entonces estos cañoncitos hasta la boca y se colocan en el suelo en posición vertical; un reguero de pólvora va de uno a otro; se disponen, entre doscientos y trescientos de ellos, en tres hileras como un batallón, en algún lugar próximo al del recorrido de la procesión. Cuando se acerca el Santo Sacramento se enciende el reguero de pólvora y empieza entonces un fuego nutrido de disparos secos, que es lo más desigual y ridículo del mundo; a las mujeres les entusiasma. No hay nada tan alegre como el ruido de los mortaretti, oído a lo lejos, en el lago, amortiguado por el balanceo de las aguas. Aquel ruido especial, que lo había hecho feliz tantas veces en su infancia, desterró las ideas más bien serias que habían asaltado a nuestro héroe. Fue a buscar el gran anteojo astronómico del abate y reconoció a la mayoría de los hombres y de las mujeres que iban en la procesión. Muchas niñas encantadoras, que tenían once o doce años cuando él se había marchado, eran ahora soberbias mujeres, en la flor de la juventud más vigorosa. Hicieron renacer el arrojo de nuestro héroe, que, en aquel momento, habría desafiado a los gendarmes para hablar con ellas.


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