La Cartuja de Parma

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Le hicieron falta a Fabricio dos o tres minutos para darse cuenta de que se encontraba a casi veintisiete metros de altura, que el espacio en que se hallaba estaba oscuro en relación con el exterior, que los ojos de quienes pudieran mirar hacia allí se sentirían heridos por un sol deslumbrador y, por último, que todas aquellas personas estaban paseándose con los ojos muy abiertos por unas calles en las que todas las casas acababan de ser enjalbegadas para celebrar la fiesta de San Giovita. Pese a tan claros razonamientos, si no llega a interponer entre él y los gendarmes un retal de tela vieja, que clavó en la ventana y en el que practicó un par de agujeros para los ojos, el alma italiana de Fabricio hubiera estado tan inquieta que le habría impedido experimentar el menor gusto en la contemplación.

Hacía diez minutos que las campanas hacían vibrar el aire; la procesión estaba saliendo de la iglesia, cuando empezaron a oírse los mortaretti. Fabricio volvió la cabeza y reconoció la pequeña explanada, guarnecida con un parapeto, que dominaba el lago y en la que tantas veces, en su juventud, se había expuesto a que los mortaretti le explotaran entre las piernas, por lo que su madre los días de fiesta lo quería ver cerca de ella.



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