La Cartuja de Parma

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»¡Ay —continuó, poniéndose una objeción—, la policía me echa del lago de Como!, pero yo soy más joven que la gente que dirige las operaciones de esta policía. Aquí —se dijo, ahora riéndose— no encontraré ninguna duquesa de A***, pero sí alguna de esas chicas de ahí abajo que están poniendo flores en el suelo, y la querré igual. También la hipocresía me paraliza en los lances de amor, y nuestras grandes señoras pretenden efectos demasiado sublimes. Napoleón les ha inspirado ideas de moralidad y de constancia.

»¡Demonio —se dijo súbitamente retirando la cabeza de la ventana, como si temiera ser reconocido, pese a la sombra de la enorme celosía de madera que protegía las campanas de la lluvia—, mira por dónde, ahí están los gendarmes en uniforme de gala!».

En efecto, en aquel momento, diez gendarmes, cuatro de ellos suboficiales, aparecían por la calle mayor del pueblo. El sargento los iba apostando cada cien pasos, a lo largo del trayecto que debía recorrer la procesión.

«Aquí me conoce todo el mundo. Si alguien me ve, doy el salto directo de las orillas del lago de Como a Spielberg, donde me atarán cada pierna con una cadena de ciento diez libras, ¡y qué angustia para la duquesa!».


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