La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma »¡Y las cosas que come esa gente, Dios mÃo! ¡Qué pena da! DeberÃa haber dispuesto para ella y la mammacia una pensión por la que se les pagaran tres beefsteacks diarios…, ¡la pequeña Marietta! Por lo menos me distraÃa de los malos pensamientos que me inspiraba la proximidad de esa corte.
»Quizá hubiera sido mejor haber optado por la vida de café, como dice la duquesa. Yo creo que eso era lo que a ella le parecÃa mejor, y es mucho más lista que yo. Con sus liberalidades, o, aunque sólo fuera, con esa pensión de cuatro mil francos y ese fondo de cuarenta mil colocados en Lyon que mi madre destina para mÃ, siempre hubiera podido tener un caballo y algunos escudos para hacer excavaciones e ir reuniendo una colección. Y, como no parece que vaya a conocer el amor, ésas serÃan para mà las auténticas fuentes de felicidad. Antes de morir, me gustarÃa visitar el campo de batalla de Waterloo e intentar encontrar el prado en que tan alegremente me quitaron el caballo y me sentaron en el suelo. Y una vez cumplido ese peregrinaje, volverÃa a menudo a este lago sublime. No hay nada más bello en el mundo, al menos para mÃ. ¿Qué sentido tiene ir tan lejos a buscar la felicidad, cuando la tengo aquÃ, ante mis ojos?