La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma La felicidad llevó sus pensamientos a una altura nada propia de su carácter. Él, tan joven, se puso a considerar los acontecimientos de la vida como si le hubiera llegado ya el último momento. «He de reconocer que desde que llegué a Parma —se dijo finalmente, tras varias horas de deliciosas ensoñaciones— no he Vuelto a sentir la alegrÃa tranquila y perfecta que tenÃa en Nápoles cuando galopaba por los caminos de Vomero o recorrÃa las costas de Misena. Todos esos complicados intereses de esa pequeña corte perversa me han hecho perverso también a mÃ… El odio no me produce el menor placer; me parece, incluso, que serÃa para mà una muy triste satisfacción humillar a mis enemigos, si los tuviera, pero yo no tengo enemigos… ¡Alto ahÃ! —se dijo súbitamente—, tengo a Giletti como enemigo… Y sà que es singular, pero el placer que experimentarÃa viendo a ese hombre tan feo irse al infierno va más allá de lo que me gustaba, no mucho desde luego, la pequeña Marietta… No vale gran cosa, comparada con la duquesa de A***, de Nápoles, a quien no tenÃa más remedio que amar porque le habÃa dicho que me habÃa enamorado de ella. ¡Dios mÃo, cuánto me aburrÃa en aquellas largas citas con la guapÃsima duquesa!; nada que ver, desde luego, con las dos veces, dos minutos cada vez, que estuve en el cuarto destartalado que le servÃa de cocina a la pequeña Marietta.