La Cartuja de Parma

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Volvió a pensar en el quebranto de su padre. «Es verdaderamente singular —se decía—, mi padre tiene treinta y cinco años más que yo, y treinta y cinco y veintitrés no hacen más que cincuenta y ocho». Tenía la mirada fija en las ventanas de la habitación de aquel hombre severo, que nunca lo había querido, y sus ojos se inundaron de lágrimas. Se estremeció y un frío súbito le heló la sangre cuando creyó ver a su padre atravesando la terraza adornada con naranjos que se abría delante de su habitación, pero era sólo un criado. Debajo mismo del campanario, un buen número de chicas vestidas de blanco y repartidas en distintos grupos se dedicaban a alfombrar el suelo de las calles por donde iba a pasar la procesión con flores rojas, azules y amarillas. Pero otro espectáculo conmovía más vivamente el alma de Fabricio: desde el campanario, su vista alcanzaba hasta una distancia de varias leguas a lo largo de las dos ramas del lago, y esta vista sublime le hizo olvidar enseguida todas las demás; despertaba en él los sentimientos más elevados. Su pensamiento se vio asaltado por todos los recuerdos de su infancia, y aquel día que pasó encarcelado en un campanario fue probablemente uno de los más felices de su vida.




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