La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Fabricio se precipitó escaleras abajo. Al llegar a la plaza, echó a correr. Apenas había llegado a la altura del castillo de su padre, cuando sonaron las diez. Cada campanada resonaba en su pecho causándole un desasosiego singular. Se detuvo a pensar o, mejor, a dejarse llevar de los apasionados sentimientos que le despertaba la contemplación de aquel majestuoso edificio que con tanta frialdad había considerado la víspera. Unos pasos vinieron a sacarlo de su ensimismamiento. Cuando miró vio que tenía encima a cuatro gendarmes. Llevaba dos excelentes pistolas y les había renovado el detonante a la hora de comer; el ruido que hizo al armarlas llamó la atención de uno de los gendarmes, y estuvo a punto de causar que lo detuvieran. Dándose cuenta del peligro que corría, pensó adelantarse en hacer fuego. Estaba en su derecho, pues era la única manera de poder resistir a cuatro hombres bien armados. Por fortuna, los gendarmes, que estaban de ronda para evacuar las tabernas, no habían sido del todo insensibles a las muestras de amabilidad que habían recibido en muchos de aquellos simpáticos locales, y mostraron alguna indecisión a la hora de cumplir con su deber. Fabricio emprendió la huida corriendo a todo correr. Los gendarmes dieron algunos pasos tras él gritando «¡Alto! ¡Alto!»; luego, se hizo de nuevo el silencio. A trescientos pasos de allí, Fabricio se detuvo a recuperar el aliento. «A punto he estado de que me detuvieran por el ruido de mis pistolas. A buen seguro que la duquesa, si se me hubiera permitido volver a ver su cara, hubiera comentado al respecto que mi alma se complace en considerar lo que pueda pasar dentro de diez años y se olvida de mirar lo que tiene delante».