La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Fabricio fue inmediatamente al palacio episcopal; estuvo sencillo y modesto, era un tono que no le costaba nada asumir; tenía, en cambio, que hacer verdaderos esfuerzos para conducirse a lo gran señor. Mientras escuchaba a monseñor Landriani, siempre un poco premioso, se decía: «¿Tendría que haberle disparado al criado que llevaba de la brida al caballo flaco?». Su razón le decía que sí, pero su corazón no podía soportar la imagen ensangrentada del guapo joven cayendo desfigurado del caballo. «¿Y la cárcel en que me hubieran encerrado si el caballo llega a tropezar, sería la que tantos presagios me auguran?».
Esta última pregunta tenía una importancia vital para él; al arzobispo le gustó mucho su aspecto de profunda atención.