La Cartuja de Parma

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»¡Puedo jurar ante Dios y ante Vuestra Alteza —he exclamado con toda la unción que he podido— que ignoraba absolutamente la expresión “futura sucesiónâ€!». Entonces, le he contado la verdad; lo que hemos estado hablando aquí mismo hace unas horas, y he añadido, con vehemencia, que me consideraría el hombre más favorecido por Su Alteza si, un poco más adelante, se dignara concederme un obispado menor para empezar. Yo creo que el príncipe me ha creído porque ha tenido a bien ser generoso; me ha dicho del modo más sencillo del mundo: “Éste es un asunto oficial entre el arzobispo y yo, usted no tiene nada que decir al respecto. Ese buen señor me ha dirigido una especie de informe demasiado largo y más bien aburrido, en cuyas conclusiones llega a una propuesta oficial. Yo le he contestado muy fríamente que la persona en cuestión era muy joven y, sobre todo, muy nueva en mi corte. Podría parecer, además, que, concediéndole la expectativa de una dignidad tan alta al hijo de uno de los oficiales mayores del reino lombardo-véneto, estaba pagándole al Emperador alguna letra de cambio que hubiera librado contra mí. El arzobispo ha hecho mil protestas en el sentido de que no había habido ninguna recomendación de ese tipo. Era una solemne tontería decirme esto a mí, y me ha sorprendido viniendo de un hombre tan cultivado; aunque es muy cierto que no hay vez que me dirija la palabra que no esté aturdido, y esta noche estaba más azorado que nunca, lo que me ha hecho pensar que deseaba la cosa con verdadera pasión. Le he dicho que sabía mejor que él que no había ninguna clase de recomendación para del Dongo, y que nadie en la corte le negaba su capacidad, que tampoco se hablaba demasiado mal de sus costumbres, pero que me daba cierto miedo su capacidad de entusiasmo, y que yo me había prometido a mí mismo no conceder jamás ningún puesto de importancia a locos de este tipo con quienes un príncipe no puede nunca sentirse seguro de nada. Entonces —ha continuado Su Alteza—, he tenido que aguantarle otro discurso cargado de sentimiento tan largo como el anterior, el arzobispo me ha hecho la glosa del entusiasmo en la casa de Dios. Torpe, más que torpe, me decía yo, estás exagerando, estás poniendo en peligro un nombramiento que estaba prácticamente decidido; tendría que haber cortado como fuera y haberme agradecido efusivamente mis mercedes, pero nada: seguía y seguía, ridículamente intrépido, con su sermón. Mientras, yo trataba de dar con una respuesta que no fuera demasiado perjudicial para el joven del Dongo; al final, la he encontrado, y muy oportuna, como usted podrá ver. “Monseñor —le he dicho—, Pío VII fue un gran papa y un gran santo; fue el único soberano que se atrevió a decirle no al tirano que tenía Europa entera a sus pies, ¡pues bien!: era capaz de sentir entusiasmo, y ese entusiasmo fue el que le indujo a escribir cuando era obispo de Imola su famosa pastoral del ciudadano cardenal Chiaramonti a favor de la república Cisalpinaâ€.


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