La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Fabricio le estaba haciendo gestos a la pequeña Marietta y no prestaba la menor atención a los gritos del celoso Giletti, cuando se encontró, a menos de un metro de su pecho, con el cañón de la oxidada pistola. Apenas le dio tiempo de dar un golpe al pistolón, usando su escopeta como un garrote. Salió despedido aquél sin llegar a herir a nadie.
—¡Párate de una vez, j…! —le gritó Giletti al vetturino. Al mismo tiempo, tuvo la habilidad de abalanzarse sobre la escopeta de su adversario, agarrarla por el cañón y mantenerla apartada de su cuerpo. Fabricio y él tiraban del arma con todas sus fuerzas. Giletti, que era mucho más fuerte, colocando sucesivamente una mano delante de la otra, iba acercando hacia sí la culata y estaba ya a punto de apoderarse de la escopeta, cuando Fabricio, para evitar que pudiera arrebatársela y disparar, apretó el gatillo. Había comprobado antes que la boca del cañón estaba unos ocho centímetros por encima del hombro de Giletti. El tiro sonó justo al lado del oído de éste, que quedó un poco aturdido, aunque se rehízo inmediatamente.
—¡Querías volarme la cabeza, canalla! ¡Te vas a enterar!