La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Era un hermoso dÃa, serÃan las seis de la mañana; le habÃan prestado una vieja escopeta de un solo cañón, y disparó algunos tiros a las alondras; una de ellas fue a caer herida a la carretera. Cuando fue Fabricio a cobrarla divisó a lo lejos un coche que venÃa de Parma y que se dirigÃa a la frontera de Casal-Maggiore. Acababa de recargar la escopeta cuando en el coche, más que destartalado, que se acercaba al paso, vio a la pequeña Marietta. Iba sentada entre el desgarbado Giletti y la mujer mayor que ella hacÃa pasar por su madre.
Giletti pensó que Fabricio se habÃa colocado en mitad de la carretera con una escopeta en la mano para insultarle y, quizá, también, para quitarle a la pequeña Marietta. En su papel de valiente, saltó del coche. En la mano izquierda llevaba un pistolón roñoso, y en la derecha, una espada metida en la funda, que utilizaba cuando la compañÃa se veÃa obligada a darle algún papel de marqués.
—¡Ah, bandido! —exclamó—. ¡Cómo me alegro de encontrarte aquÃ, a una legua de la frontera; voy a darte lo que te has buscado; aquà no te protegen tus medias moradas!