La Cartuja de Parma

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Al instante, Fabricio vio caer del coche una especie de cuchillo de caza grande; se inclinó para cogerlo y, en el mismo momento, sintió en el hombro una cuchillada que le había tirado Giletti. Al enderezarse, Fabricio se encontró a poco más de un palmo de Giletti, que le dio un golpe terrible en la cara con la empuñadura de la espada. El golpe fue tan fuerte que Fabricio perdió el sentido; en aquel momento estuvo a punto de que lo matara. Tuvo la suerte de que Giletti estuviera aún demasiado cerca como para poder clavarle su arma. Recuperado, se echó a correr con todas sus fuerzas; sin dejar de correr, sacó el cuchillo de la funda; entonces, súbitamente, se volvió y se encontró, a tres pasos, cara a cara con Giletti, que lo perseguía. Venía lanzado y Fabricio le tiró un puntazo; tuvo tiempo Giletti de desviar un poco hacia arriba el cuchillo de Fabricio con su espada, pero recibió el golpe de punta en la mejilla izquierda. Pasó muy cerca de Fabricio, que sintió que le clavaba algo en el muslo; era una navaja que Giletti había tenido tiempo de abrir. Fabricio dio un salto hacia la derecha, se revolvió y finalmente los dos adversarios se encontraron a una distancia apropiada para el combate.

Giletti maldecía como un condenado:

—¡Te voy a cortar el cuello, cura ladrón! —repetía a cada instante.


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