La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma —Cuarenta escuditos de cinco francos —contestó la vieja.
—O sea, seis y calderilla —dijo Marietta riéndose—; no voy a dejar que engañes a mi curita.
—¿No le parece natural, señor —dijo la vieja, dirigiéndose a Fabricio con el mayor desparpajo—, que intente sacarle treinta y cuatro escudos? ¿Qué son treinta y cuatro escudos para usted? Y ahora que hemos perdido a nuestro protector, ¿quién se encargará de buscamos habitación; de discutir con los vetturini cuando viajemos; de darle miedo a todo el mundo? Giletti no era guapo, pero resultaba muy cómodo tenerlo al lado, y si esta pequeña, que se enamoriscó de usted nada más verlo, no hubiera sido una tonta, Giletti nunca se hubiera dado cuenta de nada, y usted nos habrÃa dado sus buenos escudos. Le aseguro que somos muy pobres.
A Fabricio lo conmovieron estas palabras. Sacó su bolsa y le dio unos napoleones a la vieja.
—Mire —le dijo—, no me quedan más que quince, asà que, ahora mismo, es inútil tratar de sacarme más.
Marietta se abrazó a él; la vieja le besaba las manos. El coche seguÃa adelante con un trotecillo corto. Cuando vieron a lo lejos las barreras amarillas con rayas negras que anunciaban las posesiones austriacas, la vieja le dijo a Fabricio: