La Cartuja de Parma

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—Puede que nos crucemos con gente a caballo —dijo el prudente vetturino, que no pensaba más que en los cuatro napoleones—, y los hombres que nos siguen podrían gritarles que nos detuvieran —con lo que quería decir: «Tenga usted cargadas las armas…».

—¡Pero qué valiente eres, curita mío! —exclamaba Marietta abrazando a Fabricio.

La vieja había sacado la cabeza por la portezuela para mirar hacia atrás. Al cabo de poco tiempo, volvió a meterla.

—No le sigue nadie, señor —le dijo con una gran tranquilidad—, y tampoco hay nadie en la carretera por delante de nosotros. Ya sabe usted lo estrictos que son los policías austriacos, si lo ven llegar así, al galope, a la barrera del Po, seguro que lo detienen.

Fabricio miró por la portezuela.

—¡Al trote! —ordenó al cochero—. ¿Qué pasaporte tiene usted? —le preguntó a la vieja.

—Tres, a falta de uno —contestó—, y que nos han costado cuatro francos cada uno. ¿Es, o no es, una barbaridad para unas pobres cómicas que tienen que viajar todo el año? Éste es el pasaporte del señor Giletti, artista dramático, que será usted, y aquí están los nuestros, el de Marietta y el mío. Pero Giletti llevaba encima todo nuestro dinero. ¿Qué va a ser de nosotras ahora?

—¿Cuánto llevaba? —preguntó Fabricio.


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