La Cartuja de Parma

La Cartuja de Parma

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Iba a seguir dándoles instrucciones, cuando, al levantar la vista, a unos trescientos pasos, vio a cinco o seis hombres que, con paso mesurado, se acercaban a pie hacia el lugar de los hechos.

«Ésos son gendarmes —pensó— y, habiendo un muerto, me detendrán; será una entrada solemne en Parma. ¡Menuda comidilla para los amigos de la Raversi que detestan a mi tía!».

Inmediatamente reacciona a la velocidad del relámpago, arroja a los asombrados obreros todo el dinero que llevaba encima, y se lanza al coche.

—No les dejéis a los gendarmes que me persigan —les grita a los obreros— y os haré ricos; decidles que soy inocente, que ha sido ese hombre el que me ha atacado y que me quería matar.

—Y tú —le dijo al vetturino—, pon los caballos al galope y te daré cuatro napoleones de oro si pasas el Po antes de que ésos puedan alcanzarme.

—¡Eso está hecho! —dijo el vetturino—. Y no tenga miedo, esos hombres van a pie; con mis caballitos al trote bastará para dejarlos más que atrás —y diciendo esto, puso los caballos al galope.

A nuestro héroe le molestó la palabra miedo que había empleado el cochero, y era porque verdaderamente había pasado un miedo tremendo con el golpe de la empuñadura de la espada en la cara.


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