La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma «Está muerto el canalla», pensó Fabricio. Lo miró a la cara y vio que arrojaba mucha sangre por la boca. Entonces corrió hacia el coche.
—¿Tiene un espejo? —gritó, dirigiéndose a Marietta.
Marietta, muy pálida, lo miraba, pero no contestó. Entonces, la vieja abrió con mucha tranquilidad una bolsa de costura verde y le alargó a Fabricio un espejito de mango, no más grande que una mano. Fabricio se miró la cara, al mismo tiempo que se la palpaba. «Los ojos los tengo bien —decía para sí—, eso ya es mucho». Se miró los dientes; no estaban rotos. «¿Por qué me dolerá tanto?», murmuraba para sí a media voz. A lo que le respondió la vieja:
—Porque Giletti con la empuñadura de la espada le ha aplastado la mejilla a la altura del pómulo. Tiene usted la mejilla amoratada y muy hinchada; lo mejor es que se ponga enseguida unas sanguijuelas y ya verá como no es nada.
—¡Unas sanguijuelas, ya! —dijo Fabricio, riéndose y ya perfectamente tranquilo.
Vio que los obreros estaban alrededor de Giletti, mirándolo sin tocarlo.
—¡Socorred a ese hombre! —les gritó—; ¡quitadle la ropa!…