La Cartuja de Parma

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Un ejército francés mandado por el mariscal Ney no habría producido un efecto mayor —le decía el buen arzobispo—. A excepción de la duquesa y de mí, amadísimo hijo, todo el mundo cree que mató usted deliberadamente al histrión Giletti. Aun en el caso de que realmente fuera ésa la desgracia en que estuviera usted metido, asuntos como éste suelen acallarse con doscientos luises y una ausencia de seis meses; pero la Raversi quiere aprovechar este incidente para conseguir acabar con el conde Mosca. Y no es el asesinato, ese espantoso pecado, lo que la gente le reprocha, sino la torpeza, o mejor, la insolencia de no haber recurrido a un «bulo» (algo así como un matón a sueldo). Le pongo aquí en palabras claras las insidias que están circulando. Después de esta desgracia, que nunca dejaremos de lamentar, todos los días voy a tres casas, por lo menos, de las más importantes de la ciudad para tratar de justificarle. Creo que nunca he hecho un uso más santo de la poca elocuencia que el cielo ha querido darme.

Leyendo esta carta, a Fabricio se le cayó la venda de los ojos. Las numerosas cartas de la duquesa, llenas de efusiones cariñosas, no llegaban nunca a contarle tales cosas. La duquesa le juraba que, si él no regresaba triunfante, abandonaría Parma para siempre.


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