La Cartuja de Parma

La Cartuja de Parma

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El conde hará por ti —le decía en la carta que acompañaba a la del arzobispo— todo lo humanamente posible. En cuanto a mí, esa hazaña tuya me ha cambiado el carácter. Ahora soy tan avara como el banquero Tombone; he despedido a todos mis empleados, y aún he hecho más: le he dictado al conde el inventario de mi fortuna que ha resultado ser mucho menos considerable de lo que pensaba. Tras la muerte de aquel hombre excelente que fue el conde Pietranera (y, a propósito, mejor te hubiera ido si te hubieras expuesto vengándolo, dicho sea entre paréntesis, en vez de enfrentarte a un ser como Giletti), me quedé con doscientas libras de renta y cinco mil francos de deudas. Recuerdo, entre otras cosas, que tenía dos docenas y media de zapatos de satén blanco, traídos de París, y sólo un par para salir a la calle. Estoy pensando en quedarme con los trescientos mil francos que me deja el duque, en vez de dedicarlos íntegros a levantarle una tumba, que sería magnífica. Por lo demás, tu principal enemiga, es decir, mía, es la marquesa Raversi. Si te aburres en Bolonia, tan solo, no tienes más que decir una palabra y me trasladaré inmediatamente. Te envío cuatro nuevas letras de cambio, etcétera, etcétera.




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