La Cartuja de Parma

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La duquesa no le decía una sola palabra a Fabricio de lo que se opinaba en Parma sobre su asunto. Quería, más que nada, consolarlo; y, en cualquier caso, la muerte de un ser ridículo como Giletti no le parecía de entidad suficiente como para que pudiera reprochársele a un del Dongo. «¡Cuántos Gilettis no habrán enviado al otro mundo nuestros antepasados —le decía al conde— sin que a nadie se le haya pasado por la imaginación hacer el menor reproche!».

Fabricio, verdaderamente sorprendido, entreviendo por primera vez el verdadero estado de cosas, se dedicó a estudiar minuciosamente la carta del arzobispo. Por desgracia el arzobispo lo creía más al tanto de lo que lo estaba realmente. En cualquier caso, Fabricio pudo darse cuenta de que la baza fundamental de la marquesa Raversi radicaba en que era imposible encontrar testigos de visu de aquella pelea fatal. El criado que había llevado la primera noticia a Parma desde Sanguigna estaba en la posada del pueblo cuando sucedió todo. La pequeña Marietta y la vieja que hacía las funciones de madre habían desaparecido; la marquesa había comprado al vetturino que conducía el coche y daba ahora un testimonio abominable.




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