La Cartuja de Parma

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Aunque el sumario esté envuelto en el más profundo de los misterios —escribía el buen arzobispo con su estilo ciceroniano— e instruido por el fiscal general Rassi, de quien únicamente la caridad cristiana puede impedirme hablar mal, pese a que haya hecho su fortuna encarnizándose con los pobres acusados como el perro de caza se encarniza con la liebre; aunque haya sido a Rassi, como decía —de quien ni haciendo uso de toda su imaginación podría usted exagerar ni su bajeza ni su venalidad—, a quien un príncipe irritado haya encargado instruir el proceso, yo he podido leer las tres declaraciones del vetturino. Para fortuna, digna de ser señalada, ese desgraciado se contradice. Y aun añadiré, pues me dirijo a mi vicario general, es decir, a quien, después de mí, debe asumir la dirección de esta diócesis, que he convocado al párroco de ese descarriado pecador. Le diré a usted, amadísimo hijo, que, aunque bajo secreto de confesión, dicho cura sabe por la mujer del vetturino cuántos escudos ha recibido éste de la marquesa Raversi. No me atrevería a decir que la marquesa le haya exigido que le calumnie a usted, aunque no deja de ser probable. Los escudos han sido entregados por mediación de un desgraciado sacerdote que desempeña funciones subalternas en casa de la marquesa y a quien me he visto obligado a prohibir la celebración de la misa por segunda vez. No le cansaré con el relato de las distintas gestiones que usted debiera esperar de mí, y que, por otra parte, forman parte de mis obligaciones. Un canónigo, colega suyo en la catedral, y que, por otra parte, explota en ocasiones con cierto exceso la influencia que le confieren los bienes de su familia, de los que, por concesión de la divina providencia, ha quedado como único heredero, estando en casa del conde Zurla, ministro del interior, se permitió decir que consideraba que aquella bagatela (hablaba del asesinato del pobre Giletti) le era imputable a usted; lo hice venir a mi presencia y, delante de mis otros tres vicarios generales, de mi capellán y de dos curas que estaban haciendo antesala, le rogué que nos comunicara a nosotros, sus hermanos, los elementos de convicción plena que, según decía, tenía contra uno de sus colegas de la catedral; el desgraciado sólo ha podido articular algunas razones poco conclusivas; todos se han alzado en contra de él, y, aunque pensé que lo mejor era no añadir más que unas pocas palabras, rompió a llorar y nos hizo testigos de la confesión íntegra de su absoluto error, a partir de lo cual, en mi nombre y en el de todas las personas que habían asistido a aquella reunión, le prometí guardar secreto, a condición, no obstante, de que él pusiera todo su celo en rectificar las falsas impresiones que hubieran podido causar los comentarios por él vertidos desde hacía quince días.


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